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sábado, 15 de enero de 2011

Los pilares invisibles de la catedral.

Es tremenda y a mi me asombra la capacidad que tenemos para deducir hechos del pasado prehistórico humano mirando el rastro que fuimos en la naturaleza y ayudados por los conocimientos científicos que vamos adquiriendo.

El ADN prehistórico, las piedras talladas, las pinturas de Altamira, los huesos de Atapuerca, las ruinas de Stonehenge ... allí los tenemos a nuestra disposición para tocarlos, medirlos, analizarlos y exprimirlos hasta no dejar gota de su información sin mirar.

Sin embargo hubo en aquellos tiempos remotos donde el homínido se iba convirtiendo en Sapiens, una construcción que, como toda construcción debió empezar por una primera piedra, acabó convirtiendose en el más maravilloso artefacto jamás concebido en la naturaleza, la más majestuosa catedral.

Sin embargo, de los primeros pasos, de los pilares de su construcción no nos quedó huella física en la naturaleza hasta que estuvieron completados. No tenemos ni ruina donde mirar, ni cueva donde buscar, ni interferómetro posible que inventar para hallar las pistas de su génesis y evolución.

Voy a hablar de los pilares del lenguaje humano: los pilares invisibles de la catedral. (Amígos y allegados notarán extraña esta figura retoríco-poética, acostumbrados como están a mi parco escribir. Era necesario para dar el énfasis que se merece el meollo de esta cuestión y por eso mismo lo saco a colación en este paréntesis.)

Porque ¿alguien puede pensar que Sapiens se tiró decenas de miles de años, si no centenas de miles de años con la única ocupación menesterosa de tallar piedras en forma de punta de flecha? Yo no, desde luego.

Ahora nos parece muy fácil cuando vemos una cosa con patas, melena y colmillos de a palmo, pensar "¡tate, un león!. Me voy", Y si no tienes demasiada manía al de al lado, decirle, "tío corre que he visto un león".

Me cuenta mi padre que cuando yo era muy pequeño señalaba cosas con el dedo y decía "etoeeeeee", lo que en la fonética adulta sonaría "esto es...", y las "eeeeee" eran la entonación suspensiva donde yo quería que mi padre colocara la palabra correspondiente a la cosa que yo señalaba.

Lo tenía chupao. Yo señalaba y decía "etoeeeee", y mi padre, "un león, hijo, vámonos "

Pero ahora hagamos un esfuerzo de imaginación y pensemos en el momento en que el hombre no había puesto todavía nombre a los animales (ni Bob Dylan compuesto su canción, claro, véase "El tiempo, la flecha del tiempo y la causalidad"). O, peor, en el momento en que no había puesto nombre a ninguna otra cosa. Allí estuvieron personas como nosotros, con apariencia pordiosera, piojosa y zarrapastrosa, que nada tuvieron que envidiarle a Sócrates, a Leibnitz o a Einstein.   Gentes que cayeron en el olvido y sin embargo fueron capaces de sacar de sus recuerdos todos los concretos leones que fueron viendo y un dia enjaularlos en una cosa rara  que ahora llamamos concepto y junto con él la palabra capaz de trasmitirlo. Allí no estaba su madre o su padre para ponérselo a huevo.

Y eso que hasta ahora vengo hablando sólo de sustantivos sobre cosas que podemos ver y tocar, No hablemos ya de las otras que ni siquiera se veían y en realidad algunas se podría decir que ni existían siendo: sustantivos abstractos, verbos, adjetivos,,, estructuras gramaticales, conceptos que engloban otros conceptos, cetra, cetra... y "todo ese rollo" (como  dicen las pelis americanas).

El parto que duró milenios fué colosal y vino ayudado, y probablemente a la par de, sucesivas mutaciones paralelas que lo permitieron (ver La mentira como detonante evolutivo) o como la de la genial neurona espejo, descubierta recientemente por neurocientíficos italianos, capaz no sólo de activarse ante la percepción de una acción (eso en los macacos ya ocurre), sino hacerlo también ante el ademán o el gesto de hacer esa misma acción. (muy probablemente las primeras protopalabras fuesen gestos, pero eso lo dejaremos para otra ocasión)

No se sabe, ni creo que podamos saber nunca, el camino exacto que siguió tal proceso, pero la primera vez que lo imaginé, fué como un pequeño asentamiento que a base de milebios fué convirtiendose en una inmensa y sofisticadísima ciudad invisible. Esa ciudad podemos verla ahora, pero no podemos rebuscar en sus pilares porque están enterrados bajo las lenguas actuales, por muy arcaicas que éstas sean. La paleolingüistica acabará llegando a un estrato imposible de atravesar.

Pero las palabras dicen cosas y muchas veces acaban convirtiéndose en nudos marineros que nos confunden mucho más que nos aclaran. Es el caso del concepto del "tiempo" del que ya he comenzado a hablar y que continuaré en  próximas reflexiones.

Sirva ésta como inciso para aclarar lo que quiero significar cuando digo por ejemplo "todavía no había aflorado a la conciencia humana tal o cual concepto". Trato de colocar, con mayor o menor fortuna, cada pieza en el orden que fueron colocándolas nuestros ancestros, con el fin de aclararme o aclararnos entre todos si los contertulios deciden emprender debate.


Vale, pues.

3 comentarios:

Lola dijo...

Gracias por tu reflexión,Iñaki, me ha gustado mucho leerte; me gusta mucho el lenguaje y da gusto comprobar que se le da importancia. Muy inspirador y muy claro. Lolaila

Jorge dijo...

Excelente. Muy didáctico y bien redactado. Es un gusto leerte. Jorge.

Iñiguez dijo...

Gracias, Jorge. Me alegra que te haya gustado. Un saludo cordial.

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